Viajar al Polo Norte en dirigible: el proyecto que busca despegar en 2030

Gonzalo Gimeno, socio y responsable de marketing y ventas en OceanSky Cruises, afirma que si todo sigue su curso, entre 2030 y 2035 será posible viajar al Polo Norte en dirigible. Gimeno, que además fundó la agencia Elefant Travel y figura en el equipo de OceanSky, participa activamente en la promoción de estas primeras expediciones y en la definición comercial del proyecto.

La idea de OceanSky es abrir el Ártico a quienes buscan una experiencia polar distinta, no un viaje técnico, sino una travesía pausada y contemplativa. La compañía plantea despegar desde Longyearbyen (Svalbard) y volar a baja altura sobre glaciares, fiordos y campos de hielo, de modo que el propio vuelo se convierta en parte esencial del viaje. Esa base en Svalbard y la intención de operar expediciones al Polo Norte están descritas en la documentación y folletos oficiales de la empresa.

El concepto es deliberadamente íntimo: los dirigibles de OceanSky están diseñados para grupos reducidos, en cabinas dobles y con un servicio tipo “hotel en el aire”, con salones y miradores panorámicos para contemplar el paisaje. La oferta comercial oficial indica una configuración de ocho cabinas (hasta 16 pasajeros), con servicios incluidos y programas de expedición desde Longyearbyen.

La fase inicial se plantea como una operación de alto nivel y coste, orientada a financiar la demostración tecnológica antes de escalar a otros usos. Ese modelo de viajes muy exclusivos que prueban la viabilidad técnica aparece en la comunicación pública de OceanSky y en la cobertura que ha tenido el proyecto en medios internacionales, que también han recogido los precios y la estructura pionera propuesta por la compañía.

En el interior, la aeronave busca ofrecer una sensación de hotel boutique en el aire. Las cabinas son dobles, con baño privado y una pequeña terraza cubierta, hay un salón común, bar, miradores y un restaurante que ofrecerá cocina escandinava a cargo del chef Jesper Vollmer. El ambiente se concibe como íntimo y reposado: lujo contenido, sin ostentación, pensado para pocos pasajeros.

Y ese pocos es deliberado. El dirigible tiene ocho cabinas dobles, por lo que la capacidad máxima es de dieciséis pasajeros. Grupos reducidos permiten un trato más personal, atención cuidada y un espíritu más cercano al de una expedición privada que al de un tour masivo. Ese pensamiento busca además minimizar el impacto ambiental y preservar la experiencia.

El precio, claro, refleja que se trata de una fase pionera: cada cabina doble cuesta 200.000 dólares. Gimeno explica que ese modelo financiero sirve para financiar la tecnología y garantizar la seguridad en una primera etapa. Es la lógica del “lujo que permite arrancar”, demostrar que el concepto funciona antes de ampliarlo a modelos más asequibles o a otros usos, como misiones científicas o transporte en zonas remotas

¿Quiénes viajan en esta primera fase?

Personas con interés por la exploración, la sostenibilidad y la innovación; viajeros acostumbrados a destinos difíciles que buscan algo distinto. También entienden que las fechas dependen de avances técnicos y certificaciones, y no exigen una fecha exacta: prefieren ser parte del proyecto cuando esté listo.

¿Por qué empezar por el Polo Norte?

El lugar ofrece condiciones idóneas: territorio remoto, escasa infraestructura y superficies donde un dirigible puede posarse sin pista. Además, tiene un valor simbólico, es un lugar históricamente ligado a la aviación y al mismo tiempo uno de los entornos más vulnerables al cambio climático. Empezar allí es para la compañía una demostración práctica y un mensaje sobre turismo responsable.

Sobre cuando se podrá viajar, Gimeno mantiene una previsión prudente, la posibilidad de iniciar vuelos en 2030, aunque admite que la fecha puede moverse. Depende de fabricantes y de los procesos de certificación, que suelen ser lentos y exigentes. Lo relevante, dice es la actitud de los viajeros en lista de espera, no buscan que todo ocurra ya, sino formar parte de la misión cuando todo esté en orden.

Si este proyecto prospera, podría cambiar la manera de entender el turismo polar. Los dirigibles consumen menos energía que los aviones, no precisan abrir rutas ni construir infraestructuras en el terreno, y pueden operar con una huella ambiental mucho menor. OceanSky Cruises aspira, a largo plazo, a funcionar como una aerolínea sin aviones, conectar lugares sin infraestructura, apoyar la conectividad de zonas remotas y hacerlo de forma más respetuosa con el entorno.

En pocas palabras se trata de probar un modo distinto de viajar, más lento y cuidadoso, que pone el foco en la experiencia y en reducir el impacto. Y eso en un mundo donde el turismo de masas presiona cada vez más a entornos frágiles, suena cuando menos, a una alternativa necesaria.

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