La evolución de los robots humanoides ha sido una historia curiosa: pasaron de ser máquinas torpes y extrañas a parecer casi personas. Aunque hoy todo el mundo habla de ellos por los videos donde caminan solos o hacen tareas del hogar, esto no empezó ayer. Todo comenzó en los años setenta, con robots enormes que apenas podían dar unos pasos sin caerse y que necesitaban cables por todos lados. Eran más una demostración tecnológica que algo realmente útil.
En los ochenta y noventa, Honda dio un salto importante con robots que ya caminaban sin cables. Pesaban muchísimo y hacían un ruido terrible, pero avanzaban por sí mismos, aunque fuera lento. En la televisión la gente se emocionaba, pensaba que el futuro había llegado, aunque en realidad tardaban una eternidad en cruzar un pasillo.
Luego, en el 2000, apareció Asimo, el robot que subía escaleras y podía patear una pelota. Lo llevaron a eventos por todo el mundo, incluso apareció con Obama. La gente lo adoraba. Pero mantenerlo costaba millones, y al final Honda terminó cancelando el proyecto hace unos años.

Después vino Boston Dynamics con su Atlas, que fue otro nivel: corría, saltaba, hacía acrobacias y podía levantarse solo si lo empujaban. Los videos se hicieron virales y muchos pensaron que los robots estaban a punto de dominarnos, aunque en realidad todavía no servía para tareas prácticas del día a día.

La verdadera revolución llegó en los últimos años. Ya no se trata solo de que caminen bien: ahora realizan tareas reales. Doblan ropa, agarran objetos frágiles sin romperlos, barren, cargan cajas en fábricas e incluso pueden preparar café. Y lo más sorprendente es que ya no necesitan que se les programe cada movimiento; basta con mostrarles una vez cómo se hace algo para que lo repitan y mejoren solos.
El robot de Tesla, Optimus, ya camina por sus oficinas ayudando a los trabajadores. Dobla camisetas con naturalidad y entiende instrucciones simples como “trae agua” o “recoge eso del piso”. Dicen que en dos o tres años lo empezarán a vender, primero a empresas y luego para hogares comunes.

Otro avance impresionante es el Figure 01, un robot capaz de conversar de forma natural. Le pides preparar el desayuno y lo hace: abre la refrigeradora, toma los ingredientes y cocina unos huevos revueltos. Lo entrenaron en una casa real para que pudiera moverse sin chocar con los muebles.

En Japón ya utilizan robots humanoides en casas de ancianos. Les recuerdan sus medicinas, les leen el periódico, juegan con ellos; incluso los adultos mayores les ponen bufandas y los tratan como compañía. La soledad y la depresión han disminuido mucho gracias a ellos.
En Corea ya cocinan platos completos: cortan verduras, preparan arroz y hacen todo el proceso automáticamente. En China los usan para cuidar niños: juegan con ellos, les pasan la pelota suavemente y los acompañan mientras sus padres trabajan.
Lo sorprendente es que esto ya no son prototipos. Se están fabricando en serie y cada año son más accesibles. Antes costaban millones; ahora algunos modelos rondan los cien mil dólares y bajando. En pocos años podrían costar lo mismo que un auto y estar en muchos hogares.
Pasamos de robots que se caían a cada rato a máquinas que cocinan, limpian y cuidan a nuestros seres queridos. Y todo eso en menos de una década. Da un poco de emoción y de miedo a la vez, porque ya no hablamos del futuro: están aquí, ahora, y cada mes aparecen versiones más avanzadas.






